
El que se ahogó estaba en el Cabo de la Vela, en el puro norte de
Colombia. Había pagado ocho mil pesos para dormir la noche en una
hamaca, era lo único disponible en aquella casa hotel. Mientras se mecía,
la brisa húmeda se pegaba en sus piernas y brazos, formando un almizcle
entre sudor, sal y pescado con mugre de su hamaca despercudida al sol.
El olor amargo se hacía intenso con el vaivén de las otras dos, colgadas
en hilera de unos pilotes que atravesaban el techo. Sabía que estaban
ocupadas por los bultos que se formaban en las telas tejidas con colores
naranja y negro, iban y venían como arrulladas por una canción wayuu,
hilando descanso para suspenderse en los sueños de otros.
Al menos el de este visitante se había interrumpido con el zumbido de un
zancudo intruso que atravesó el tejido guajiro, para picarle una de las
nalgas. El chuzonazo lo hizo salir de un salto, revisó si lo que le había
picado era un insecto o algún puerco espín desorientado, tan ajeno a ese
lugar como él.
Extraños estos bichos, podría pensarse que el salitre del ambiente les ha
endurecido la trompa, convirtiéndolos en diminutos pegasos.
Sacudió los pensamientos y los insectos, advirtieendo un sonido
tenue como de campanitas de cristal besadas por el viento, provenía del
respaldo de la casa; siguió atento a la música que empezaba a formarse.
Sin darse cuenta ya estaba caminando sobre la arena blanca y limpia de
la playa. Sorprendido por el espectáculo, se fue corriendo a la orilla entre
sonrisas y carcajadas con sus brazos extendidos al aire; miró al cielo
dando gracias por estar ahí, por haber tomado el último carro que salía
de Riohacha para allá, por haberse quedado en ese lugar, que tiene al
mar en su patio trasero.
Las olas efervescentes bañaban con su espuma a las caracolas clavadas
en la arena, algunas de ellas rotas, se llenaban y se vaciaban, regalando
notas mojadas de canciones provenientes de otras orillas.
Se sentó ante el concierto.
Un largo intermedio le hizo caer en cuenta que la playa se hacía más
extensa, que ya no eran centenares de caracolas sino millones de ellas
sepultadas, abriéndole paso a la inmensidad del mar, por ahora
escondido en las profundidades de algún camerino.
Se levantó y caminó hacia adelante, buscando el agua, y la encontró.
Quiso correr, avisar que venía un tsunami, pero no alcanzó.
Dando botes y brazadas, tratando de respirar para salir a flote, se fue
inundando de tanto azul que recordó a Cristina. Ese es su color favorito.
Debí decirle que se veía hermosa en ese vestido, debí abrazarla y decirle
que la amaba, debí quedarme con ella esa noche. Perdóname, lo siento.
Se despertó con la boca seca. Tenía la saliva espesa formándole tiras, que
como chicles se arrancaba de su aliento mientras se dirigía al baño a
orinar. Se dio cuenta que ya lo había hecho sobre su piyama, corrió a la
habitación para encontrar un gran charco que empezaba a gotear por
debajo de la cama. Era la segunda vez que le pasaba desde que su mujer
lo había dejado.
A sus 59 años sentía que podía empezar de nuevo, se pensionaría, su hija
menor se iría a Europa, entonces él vendería la casa con recuerdos y
fantasmas.
Se esmeró afeitándose, mientras su hija empezaba una cantaleta ya
conocida por él, que por qué se demoraba tanto haciendo las cosas, que
si no le importaba el tiempo de los demás, que hacía esperar hasta a los
santos; sólo en ésta última frase la volteó a mirar. Sintió en el pecho una
pena antigua por aquella sentencia, cuatro veces dicha por su madre,
cuando no alcanzó a llevarla a ninguna de las visitas papales al Brasil.
Ahora, pronunciada en boca de su hija, la culpa se encrudecía
nuevamente.
Ella lo miró, aún sonrojada por la exaltación de los minutos de más, se
conmovió al ver los ojos de su padre, austeros pero llenos de amor hacia
ella, su menina.
Iban en el carro, seguidos de un centenar de vehículos que resoplaban su
impotencia ante un tráfico imposible.
Discúlpame, la besó en la frente y siguió, así lo recordará su hija.
Seguía con la boca seca, apagó entonces el aire acondicionado y bajó la
ventana, necesitaba aire fresco. Quiso llamar a la planta para avisar que
no llegaría, pero al fin no lo hizo, ese día quería cumplir, aunque llegara
tarde pero ahí estaría. Apagó el motor de su carro evitando el olor a
hollín, del aceite quemándose, sol, ríos de carros, gaviotas que pitan,
relojes de arena, se durmió.
Abrió los ojos, le dolía el brazo izquierdo, pensó en llamar a su nieto, pero
al fin no lo hizo, ese día quería que fuera distinto, que los latidos no
llegaran tan tarde al corazón, pero ahí se quedó.
Lo encontraron con el celular en sus manos, dirigía un mensaje a su hija
mayor, algo sobre su nieto. Eso fue suicidio.
Aún sin poder respirar por la agitación que traía encima, quiso gritarles
que eso era MENTIRA! pero sabía que estaba ahí por algo, buscó, voló
entre las flores, se coló entre los pésames, hasta que se encontró. Había
llegado tarde hasta a su propio entierro.
Se vio más pálido de lo que se recordaba. Me habrá dolido?, fui un buen
hombre?, creí en Dios?, qué tanto supe de mí? porque yo aquí parado en
frente mío y no sé nada.
Una mujer vestida de azul, se inclinó sobre él para abrazarlo, posó la
cabeza de larga cabellera rojiza sobre su pecho, hubiese querido sentirla,
responder a ese abrazo. Ella lo besó, dejando un aroma de rojo escarlata
sobre sus labios. Le acarició su pelo peinándolo hacia atrás, sin líneas
que lo definieran; lo hacía con cuidado, suavemente. Le susurró algo al
oído. El no pudo oírla, pero se supo amado.