Alguna vez escuché que lo que no se nombra, se olvida más fácil.
Ahora creo que anónimos o no, igual nos duele.
Como aquella vez en la finca de mis abuelos. Había un criadero de conejos, y yo solía jugar con ellos, les daba de comer y los consentía. Por consejo de mi abuela, no les poníamos nombres. Pero a mi me gustaba diferenciarlos. Había uno al que le decía el pirata, porque tenía una mancha que parecía un parche de color negro en un ojo; o el pompón porque parecía un copito de algodón; o speedy porque era muy rápida en sus saltos. A mi abuela eso de nombrarlos no le agradaba, pues me advertía que cualquier cosa parecida a un nombre causaba un apego, y eso me dolería a la hora de la cena.
Con el tiempo aprendí que sí, que los apegos efectivamente generan dolores de panza, pero a esa edad y en ese tiempo, mi abuela me estaba dando una lección más sencilla, sin tanto análisis como arrugas en la frente. Por alguna primitiva razón creí que le debía demostrar a mi abuela que yo, su nieta citadina, era tan fuerte como las niñas del campo, quienes podían referirse a los animales por nombres y no les dolían las barrigas en la noche. Yo soy fuerte, me dije, además no comprendía muy bien por qué los perros y los caballos si tenían nombre pero por qué otros animales no. Hasta esa noche en la cena. Cuando nos devoramos un delicioso platillo, con papas, arroz, vegetales y eso con una salsa deliciosísima. Eso, eso es conejo, dijo la empleada del servicio. Habrá sido el pirata o pompón. Si la carne era blandita sería pompón porque era tan suavecito, completaba mi tío, muerto de risa. Mientras el chiste se moría dentro de mí, se retiraron los bufones a la cocina regañados por mi abuela. Yo me encorvaba enfrente de mi plato limpísimo, y saboreado ahora con amargura y nudos en el estómago. Miré a mi abuela y me fui a llorar la indigestión. En la vida de campo crecen los sabios, así silvestremente, no se gradúan ni les dan certificados de ninguna institución prestigiosa, es decir, son sabios anónimos. Como la naturaleza, quien no para de enviarnos señales a cada rato. Pero nosotros, los leídos, las interpretamos con tantas nociones y grandilocuencia que nos perdemos etiquetándolas.
