Las tres cascadas 💦

Hoy salimos a caminar. Busqué en internet y un bloguero experto en senderismo aquí en California, recomendó que para ir a La cascada Three Sisters* en ésta época del año, era necesario llevar 2 litros de agua por persona (*a 30 minutos al sur de Julian, es una de las principales cascadas del sur de California cuando fluye.) 

Leí que la complejidad del camino era moderada, que era de dos horas ida y vuelta, y que con hidratarse bien, bloqueador y sombrero bastaba. Mi hijo y yo, alistamos todas las cosas, noté que el día había empezado muy gris y me dio alegría pensar que auguraba un buen día porque no iba a ser tan caliente (la fuerza del deseo impera sobre el pronóstico del tiempo). 

Cuando llegamos al estacionamiento después de hora y media manejando, había avisos que alertaban de la falta de agua corriendo en las cascadas a causa de la sequía en esta región. Mi hijo se desanimó porque él quería ver las cascadas, y no le hallaba sentido echar a andar para no ver la atracción por la que había venido.  Buen punto, le dije,  le mostré con actitud serena (gracias a la meditación y algo de budismo) que estábamos en un sitio hermoso y que después de haber manejado un buen tramo en terreno destapado en un coche no apto para eso, tal vez valdría el esfuerzo. Convencer a un adolescente de hacer una caminata en lugar de jugar videojuegos con sus amigos, no es fácil, así como no fue fácil llegar allá en un auto pequeño. 

Mi hijo accedió, cuando miró a su alrededor a varias personas con la misma intención de emprender el camino, y mirar a lo lejos el paisaje, que en verdad cautivaba. Me sentí confiada y segura, ambos llevábamos buenos zapatos, algo de comida y hasta unos guantes especiales para proteger los brazos del sol, el cual empezó a aparecer. El camino inicial era en descenso, íbamos hablando, fue agradable, el paisaje rocoso con algo de vegetación y arbustos bajos que brindaban tramos de sombra. Empezamos a ver unas rocas empotradas en la montaña, formando resbaladeros sin agua, le pregunté a mi hijo cómo se imaginaba ese lugar con agua, de dónde vendría, cuál sería la de más afluencia, la de mediana y la menor,  como serán los inviernos y un montón de preguntas que nos mantuvo entretenidos. 

Durante el descenso empecé a observar a quienes venían ya de regreso, primero un par de muchachos muy delgados y atléticos de unos 20 años tempranos, les pregunté por las condiciones del punto de llegada, pues noté que uno de ellos venía bastante acalorado, de un rojo brillante en su piel, el otro que se veía fresco, siguió ascendiendo. El transpirado, me respondió que ellos habían ido hasta el Eagle Point, que es una ruta adicional a la que iniciamos, y que hacerla agregaba una hora más de camino, decidimos no hacerla. Nos preguntó por la cantidad de agua que llevábamos por persona, y me alentó a seguir, advirtiendo que le sumara 10 grados de calor al llegar a las rocas. Nos pareció manejable. Más adelante vimos a una familia con dos niños, la niña de unos 10 años y el niño de quizás siete. El niño vomitaba* líquido, mientras sus padres lo observaban con pena, al sentirnos pasar, los tres nos saludaron sonrientes. *Una de las causas de deshidratación es el vómito, en estos casos, se debe bajar la temperatura del cuerpo, descansar a la sombra, y seguir despacio. 

Continuamos mientras el calor aumentaba, el sol ya estaba en su esplendor, yo miraba las rocas secas y las veía cada vez más cerca, antes me pasaba que cuando iba a hacer senderismo me gustaba llegar a la meta, algunas veces no lo lograba y no era una sensación agradable, por eso me esforzaba en llegar a la atracción, a la cima, a la cascada, a la gruta, al punto deseado, pero después de hacer el Camino de Santiago algo cambió en mí, y aprecié el camino, el gozo en cada paso. Siendo presencia en las señales que nos va mostrando.

Fue entonces cuando vimos al guardabosques, nos observó detenidamente y siguió su paso. Me sentí más segura. Avanzamos, hasta que nos topamos con tres muchachas, una iba en vestido de baño, subiendo a cierta distancia de las otras dos, la del centro iba sin aliento, mientras la otra amiga le ayudaba de cerca, impulsándola, sosteniendo.  Les quedaba algo de agua, les recomendé que buscaran sombra y les anuncié que había un guardabosques en la ruta, nos agradecieron, y nosotros seguimos.  

Me cuestioné mientras avanzaba en silencio, ¿si hubiese venido sola, me habría quedado con ellas, asistiéndolas de alguna manera? Habría detenido mi camino hasta asegurarme que el guardabosques las encontrara? ¿Qué me hace seguir adelante esta vez?, qué le estaba enseñando a mi hijo? Para calmar al juicio me dije: ellas eran tres muchachas jóvenes, una iba adelante, a buscar ayuda quizás, se tenían las tres, mientras yo estaba ahí para asistir a mi hijo, y mantenerme enfocada en nuestra ruta. Con todo esto, la culpa seguía ahí. Siempre con ese deseo de ayudar, de asistir a otros, sin importar si eso me incomoda a mi. Le pregunté a mi hijo entonces, si nos devolvíamos y asistíamos a las chicas, yendo por el guardabosques. Y mi hijo, sin titubear, me dijo “ellas van a estar bien mamá, ya las van a asistir, el camino no es solitario. Con certeza, fe o deseo, pero se mantuvo firme.

Bajamos más, tanto como al nivel de culpa persiguiendo mis pasos. Respiré profundo, hasta que el pensamiento se convirtió en suspiros conscientes:  y si estos encuentros son las señales del camino, indicando pausa, para recalcular el tiempo, gozar el clima, celebrando el esfuerzo. 

Si deseo atraer a mi hijo a este ejercicio caminante qué le estoy demostrando yendo hasta las rocas sin cascadas en este calor sofocante, previendo que ni siquiera los dos litros de agua serían suficientes para el regreso. Entonces le propuse a mi hijo buscar un punto de descanso para revisar la ruta.

Pendiente del tiempo, vi una sombra a unos 10 minutos más en bajada, con lo cual estimaba que estábamos más cerca del final del trayecto. Al llegar a la sombra, nos descalzamos, retiré por completo la suela del zapato que se había soltado por el calor, y tomamos agua previendo que nos quedara para el el ascenso. Mi hijo permanecía tranquilo, me miró a los ojos, afirmando que él podía bajar hasta las rocas si yo deseaba llegar allá, que si tenía energía él iba conmigo. Esa actitud, esa confianza en sus ojos, fue la mejor vista del paisaje. Sentir su motivación y capacidad, relevaron mi limitación de esfuerzo, sabía que el agua no era suficiente, así que nos regresamos.

La segunda suela de mi zapato se había despegado, y se la mostré a tres muchachas resguardadas a la sombra. Fue mi hijo quien indicó que eran las mismas chicas que nos topamos en el descenso. En ese momento yo no las reconocí, pues ya había empezado a amalgamarme con el suelo ardiente y polvoroso. Deseaba que el tiempo corriera para llegar al auto.

A cinco minutos de lograrlo, mi cabeza ya estaba jugando a no quedarse en su sitio,  hice todo lo posible por no vomitar, iba jadeando como los perros caminantes, con la lengua afuera, ahogando los ladridos, esta vez mi hijo no se burló y no me criticó porque seguro se escuchaba a broma, él iba delante de mí. Él iba al frente decidido a llegar. Observamos un helicóptero dándole vuelta a la zona y efectivamente nos encontramos con el guardabosques y dos rescatistas, nos preguntaron por las muchachas, les indicamos donde estaban, y ellos apresuraron su paso. 

Cuando alcanzamos el estacionamiento, había dos carros de bomberos, ambulancias, y muchos voluntarios. De la alarma, pasé a la emergencia por la sequía, y del estupor a la gratitud por haber estado en ese lugar. Por la fortaleza de todos los cuerpos. 

Por las decisiones que sí tomé. Por la juventud que enfrenta y aprende de los caminos difíciles, por el desconocimiento del saber, por asumir responsabilidades sin culpar a nadie, por dejar ir, por aceptar,  por encontrarnos nuevamente. 

Al final, sí terminamos las tres cascadas: la chica deshidratada, la joven amiga compasiva, y la madre previsiva.

Nota de la autora (uso en español de Colombia): Una persona cascada es aquella que está muy gastada o en mal estado.

cascar

  • 1.
  • verbo transitivo
    Quebrantar o hender algo quebradizo. Usado también como pronominal.
  • Similar:
  • romper
  • rajar
  • quebrar
  • quebrantar
  • fracturar
  • hender
  • 2.
  • verbo transitivo
    COLOQUIAL
    Dar a alguien golpes con la mano u otra cosa.
  • Similar:
  • pegar
  • golpear
  • atizar
  • arrear
  • Zurrar

verb

  • 1. crack
  • 2. shell out

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