Y entonces le preguntó en qué consistía la comedia trascendental.

Ella miró a la entrevistadora y comenzó a reírse, una risa contagiosa, a carcajadas. Miraba al público, pero no podía contener la risa.
La entrevistadora, algo desconcertada, miró a la cámara y luego al público, con una expresión burlona, aunque perpleja. Fijó su mirada en la comediante, mientras el público empezaba a reírse al darse cuenta de algo curioso: la entrevistada se movía y sonreía exactamente igual que la entrevistadora.
La entrevistadora, ahora algo nerviosa, le preguntó: “¿Me estás imitando? ¿Así sueno yo?” Dirigiéndose al público, que, sin cesar en sus risas, respondió al unísono: “Sí, exactamente igual.” 🪞
La comediante, con un tono burlón y profundo, respondió:
—Me gusta hacer reír a los demás, porque desde niña descubrí que al hacer reír a los otros, los mantenía ocupados. Los mantenía distraídos, para que no me miraran a mí, para que no fuera yo el foco de la risa, la rarita. Aprendí que podía señalar hacia dónde mirar y de qué reírse… La risa es sanadora, otorga mucho poder a quien sabe reírse y hacer reír a los demás.

Esas palabras calaron hondo en la entrevistadora, llegaron a sus huesos, a sus pulmones. Esa voz, era la misma que le hablaba todas las mañanas al reflejo en el espejo. La misma que respondía a su pregunta antes de cada show, cuando se miraba para encontrar el sentido de su oficio.
Se sintió contemplada de una manera distinta, ya no observadora. Se sintió reflejada, ya no imitada. Fijó la mirada en la comediante, con los ojos llenos de esa escarcha que deja el respeto en su paso. Y entonces, se rió. Se rió, hasta contagiarse de la seriedad del público, que comenzó a aplaudir.
Ambas se levantaron. Se aplaudieron mutuamente, se hicieron una venia. Mirándose la una a la otra, se rieron a carcajadas, hasta que la burla se desvaneció, dejando espacio a la ironía.
