Deleite ancestral

Al ver las semillas de este árbol australiano —el carrotwood tree (Cupaniopsis anacardioides)— en esta tierra americana, me visitó de pronto la imagen del zapote colombiano: esa fruta de tonos naranjas ardientes, fibrosa, carnosa, que parece una maraca por su forma redonda y su tallo persistente, como si aún se aferrara al árbol. Cuatro mundos se encuentran aquí: Australia, Estados Unidos, Colombia… y ese otro territorio inasible de las memorias, donde el tiempo no existe, pero todo deja registro. Un territorio con tantos nombres, tantas caras, tantas sensaciones.

El zapote, en sus distintas variedades —mamey, negro, blanco, chicozapote—, es originario de Mesoamérica y Sudamérica. Desde tiempos precolombinos, ha sido cultivado y reverenciado por civilizaciones indígenas como los mayas y los mexicas, no sólo por su valor nutritivo, sino por su simbolismo asociado a la fertilidad, la abundancia y lo sagrado. Su nombre proviene del náhuatl tzapotl, que era usado para referirse a frutas dulces y suaves. En muchas regiones de América Latina, el zapote sigue siendo un fruto ancestral que conecta generaciones, tierra y cuerpo.

A mí, en mis andares, estas pequeñas semillas me trajeron grandes memorias—un homenaje a mi papá, y al zapote, su fruta favorita.

Padre, vos tan bien puesto en tu vestir, tan serio en tus elucubraciones, tan metódico en tus planes y tus cálculos. Tu escritorio, impecable. Tus apuntes, de un orden excepcional. Siempre me causó curiosidad que te gustara el zapote—nunca te lo pregunté. Cosas sencillas que no se preguntan, como si el silencio ya contuviera la respuesta.

El zapote tiene algo sagrado en su desorden: embadurna, mancha, invita a comer sin cubiertos. Debes comerlo con las manos, chupar la pulpa desde la semilla, dejarte untar por su jugo espeso y anaranjado, como fuego. Es una fruta que no permite la prisa ni la distancia: se come con el cuerpo entero.

Ahora, como madre, al observar su forma me parece ver un seno: redondo, generoso, con un pezón en el extremo. El jugo no sale de ahí, pero su forma me conmueve, me recuerda que todo en la naturaleza está conectado. Los zapotes se abren como un pecho, y nos alimentan. Su pulpa exquisita es un placer silencioso que invita al juego, al goce, a volver a ser niños.

Y en esa experiencia —chuparse los dedos, reírse del jugo que escurre por las manos, saborear lento— uno agradece. Por el alimento, por el cuerpo que siente, por las memorias que vuelven.

Gracias por este deleite ancestral.

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