Enseñar siempre ha sido un acto profundamente humano. Sin embargo, el contexto en el que hoy ejercemos la docencia ha cambiado de manera radical. Comparaciones con otras profesiones, con modelos de enseñanza masivos y con versiones anteriores de nosotros mismos aparecen con frecuencia en la experiencia docente contemporánea. Desde ese lugar nace esta reflexión: no como una queja, sino como una pausa consciente para observar, agradecer y preguntarnos qué valoramos cuando enseñamos.
Durante mucho tiempo escuché que, en épocas pasadas, los maestros ocupaban un lugar central en la vida de las comunidades. Existían tutores para familias que podían permitirse una educación personalizada; profesores que viajaban a pueblos lejanos y eran acogidos con respeto, alimento y vivienda. Enseñar era considerado un honor, un oficio apreciado y cuidado.
Con el paso del tiempo, la cultura cambió. Como docente, he sido testigo directo de esa transformación. Hoy conviven realidades muy distintas: familias que valoran profundamente la labor educativa y otras que conciben al maestro como un proveedor de servicio que debe complacer, extender horarios, justificar tarifas y competir con alternativas más económicas. A ello se suma la comparación constante con aplicaciones, plataformas digitales, inteligencia artificial y modelos de enseñanza automatizados.
En este contexto, también aparece una comparación más silenciosa: la que el docente hace consigo mismo. Con lo que podría hacer, con lo que el mercado parece premiar. Es innegable que existen hoy modelos educativos basados en la enseñanza en masa, con gran alcance y alta rentabilidad. Cursos grabados, canales educativos, plataformas con miles o millones de estudiantes. Estos modelos no son erróneos; responden a las lógicas económicas y culturales de nuestro tiempo.
Yo misma he sido estudiante de estos espacios. Sé lo que significa ser una más entre cientos o miles conectados a una transmisión, dejar un mensaje de agradecimiento sincero que se suma a muchos otros. Sé también que esos sistemas funcionan gracias a una retroalimentación constante: el algoritmo, la visibilidad, la posibilidad de convertir estudiantes en clientes futuros. Así se sostienen muchas de las nuevas economías educativas.

Frente a eso, la enseñanza en pequeños grupos puede parecer lenta, poco eficiente o incluso romántica. Es como la imagen del campesino que recoge papas con sus manos mientras el empresario observa con horror, pensando en tractores y productividad. Comprendo esa lógica. La entiendo. Pero esta reflexión no busca oponer modelos, sino visibilizar algo que a menudo queda fuera de la conversación.
En días recientes, recibí una tarjeta de agradecimiento de una familia que apenas me conoce. Un gesto sencillo, pensado, escrito a mano. No era un bono, ni una ¨prima navideña¨, ni una retribución económica adicional. Era reconocimiento. Y ese gesto tuvo un impacto profundo.
Porque la enseñanza está llena de trabajo invisible: horas de planificación, adaptación, observación, corrección, escucha. Horas que no siempre se ven ni se pagan, pero que sostienen el proceso educativo. Como en muchas otras profesiones, existe un antes y un después de cada clase. En la docencia, ese trabajo suele realizarse desde la vocación, el compromiso y el cuidado.
Este reconocimiento pequeño me recordó por qué sigo eligiendo enseñar desde la cercanía. Me importa que mis estudiantes sean libres en su espíritu, que se sientan escuchados, respetados en su esencia. Creo en la curiosidad como motor del aprendizaje y en la relación humana como base de toda educación significativa.
Para quienes hoy se están formando como docentes (en escuelas, universidades o institutos pedagógicos) esta reflexión no pretende indicar un camino único. Enseñar en un colegio, crear contenido digital, trabajar en plataformas masivas o acompañar procesos individuales son opciones válidas. Lo importante es no perder de vista que enseñar no es solo transmitir información, sino construir humanidad.
Tal vez no todo deba medirse en alcance, en números o en velocidad. Hay formas de crecimiento que ocurren hacia adentro, en el vínculo, en la confianza y en la presencia. Y vale la pena preguntarnos, como educadores de este tiempo:
¿qué tipo de huella queremos dejar cuando se apaga la cámara o se cierra la puerta del aula?
