El salero solitario

(o de por qué a veces los objetos deciden suicidarse)

Tras haber habitado distintos continentes y sobrevivido a tres grandes naufragios amorosos, ella se encontró frente al espejo de sus pertenencias.

Durante mucho tiempo, la corriente del minimalismo le susurró al oído la promesa de una libertad absoluta: la idea de que el mundo entero puede caber en una mochila o en una caja de zapatos. Pero ella sabía que no era un caracol. No aspiraba a la desnudez total, pero sí a entender por qué seguía cargando con puentes de porcelana y papel, hacia un pasado que ya no existe.


Solemos decir que guardamos objetos para “rendir homenaje a la memoria”. Atesoramos una piedra, un boleto de viaje o un suéter viejo porque tememos que, si el objeto desaparece, el recuerdo se disolverá con él. Nos convertimos en guardianes de cementerios domésticos, temerosos de que la memoria nos falle y nos deje a solas con el presente.

Sin embargo, a veces los objetos mismos parecen cansados de su propia historia.

Así sucedió con su salero, un gallito de porcelana colorido que la acompañaba desde su segundo divorcio. Alguna vez fue parte de una pareja; él y su pimentero se besaban en la mesa. Pero el tiempo y las mudanzas fracturaron la unión. El pimentero perdió la cola y, tras varios intentos de remendar lo inevitable, ella decidió dejarlo ir. El gallo se quedó solo, como un centinela de una época que ella ya no recordaba con claridad. ¿Fue un regalo? ¿Lo compró ella? La memoria, esa artista caprichosa, ya se había llevado el origen, dejando solo la cáscara de cerámica.

Hace poco, el gallito sufrió un accidente. Ella sospechó que fue un “suicidio” poético: el objeto, en un acto de rebeldía, decidió romperse la cola para reunirse con su otra mitad en el olvido. Aun así, ella, con una terquedad muy humana, se resistía: “Cuando se acabe la sal, lo tiraré”, se prometió. Pero la sal parecía no terminarse nunca.

En un arrebato de juego o de esa bendita locura que los adultos solemos reprimir, hoy decidió poner a prueba al destino. Tras desayunar, sacudió el salero y de su interior cayó un pequeño grano de arroz, de esos que ponemos para absorber la humedad. Lo colocó frente al gallo y le hizo una promesa: “Si de verdad quieres irte, mientras yo no mire, cómete este grano de arroz y te dejaré marchar”.

Han pasado las horas. El grano de arroz sigue ahí, intacto.

¿Es el gallo quien se resiste a partir, o es ella la que ha inventado este truco para no admitir que todavía no está lista para el vacío?

Esta pequeña escena invita a una reflexión profunda: andar ligera no se trata de vaciar las repisas, sino de limpiar las deudas con el pasado.

Los objetos cumplen misiones en nuestra vida y, a veces, su última misión es enseñarnos a decir adiós.

Quizás no necesitamos que el gallo se coma el arroz; quizás solo necesitamos entender que las memorias no viven en la porcelana, sino en la piel que las habitó.

¿Y si hoy dejamos de esperar una señal y simplemente agradecemos?

Agradecer el servicio, la compañía y lo que ese objeto representó en su momento.

Hoy podemos elegir salpimentar nuestro presente de una forma distinta, permitiendo que lo viejo se recicle y descanse, mientras nosotros nos atrevemos a saborear ese espacio que queda.

Photo by Tim Mossholder on Pexels.com

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