
El río como lenguaje
En mi reciente viaje a Palomino, en la Guajira colombiana, descendimos por el río sentadas en un neumático junto a un grupo de turistas holandeses. Ninguno hablaba español, nuestro guía apenas sabía tres palabras en inglés, y sin embargo la comunicación fluía. Señalar, gesticular, adivinar: como un juego de Charades en plena naturaleza.

Admiré ese acto de confianza: jóvenes que se arriesgan a venir pese a las noticias, que se dejan llevar por la corriente sin comprender del todo a quien los guía. Allí entendí que el dicho de “seguir la corriente” no es rendirse, sino abrirse. Confiar en que, aun sin entender cada palabra, el trayecto tendrá sentido.
Donde el río conversa con el mar
Desde la orilla se puede ver la frontera líquida: un trazo movedizo donde el agua dulce acaricia la sal.
Al sumergirse el cuerpo siente el cambio de temperatura, de densidad, de sabor.
Probando dos mundos en una sola brazada.


Una corriente llega con memoria de montaña, de piedra y selva; la otra trae sal, profundidad y horizontes abiertos.
En olas se rozan primero con cautela, dibujando una línea incierta donde el verde y el azul se entremezclan, y luego, sin ruido, se entregan.
Cada una conserva su esencia y, aun así, juntas inventan algo nuevo.
Bajar en neumático por el Río Palomino hasta el encuentro con el mar, es presenciar una conversación antigua, en donde lo masculino: el río, el mar se llevan la corriente, en lo femenino: en olas, en mareas, y entre el frío y el calor, reposan las ganas de estar ahí, confluyendo.
La playa reaparece

La playa, sin embargo, no era la postal prometida. Un pequeño arrebato del mar —un suspiro de tsunami— había devorado gran parte de la arena. Manglares expuestos, troncos, nubes grises. Los turistas reclamaban advertencias y compensaciones. La expectativa herida es ruidosa. Pero quedarse algunos días más me permitió ver otra escena.
Al tercer día el mar comenzó a replegarse. Como si escribiera su propio Génesis, dibujó de nuevo la orilla. Presencié entonces que la naturaleza no destruye: reordena. Solo hay que permanecer el tiempo suficiente para ver la segunda parte del relato.


En medio de esa geografía inestable estaban también las corrientes humanas. Tras semanas de lluvias y cierres, quienes viven del turismo ofrecían todo con urgencia: mototaxi, comidas, atajos. La economía del día a día late fuerte cuando ha estado contenida.

A veces la sospecha del visitante interpreta exageración donde hay supervivencia. Nosotras, confiadas en que diez minutos de caminata no eran nada, decidimos avanzar solas. Y entonces llegaron los zancudos, enormes, casi prehistóricos, dignos de Jurassic Park. Atacaban en escuadrones estratégicos: mientras defendías la cabeza, otro batallón conquistaba los tobillos. No había repelente suficiente; solo quedaba correr. Aprendí que incluso la advertencia interesada puede contener verdad.
Habitar el paraíso

Algo en mí, sin embargo, no buscaba comodidad sino comprensión. Descubrí que me gusta tender puentes: traducir, mediar, facilitar.

Probé peces que migran entre mar y río, criaturas de agua salobre cuyos nombres jamás había escuchado, cojinúa y jurel, en su carne estaba el tránsito: ni completamente dulce ni completamente salado. Comerlos fue participar de esa confluencia. Todo allí hablaba de mezcla, de intercambio, de adaptación.
Redescubrir esa parte de tierra que me vio crecer fue comprender que el paraíso no es una garantía sino una experiencia. Siempre lo hemos dicho: Colombia es un paraíso. Pero una cosa es repetirlo y otra caminarlo descalza en calles destapadas, linterna en mano, zancudos que repelen conversaciones nocturnas. El paraíso exige presencia.

También cambié mi manera de habitar la playa. Durante años asocié el mar con cerveza fría y ruido que distrae. Bailé salsa con el cuerpo sobrio, sintiendo el calor de la tierra ascender por el cuerpo como una corriente inversa. La risa vino sin estímulos externos, simple, sola, acompañándome hasta quedarse.

Al final, sentí que las corrientes del río y del mar no son tan distintas de las nuestras: expectativas y gratitud, queja y paciencia, prisa y espera. Cuando dejamos de resistir el encuentro, algo nuevo se forma.
Viajar sin expectativas es disponerse. Es aceptar que la marea sube y baja, que el cielo se nubla y despeja, que los zancudos atacan y el mar devuelve. Es estar allí cuando las corrientes confluyen y, en silencio, agradecer.

