Dedos largos, cinco dedos completos, definidos en su totalidad para pisar bien. El dedo gordo, que viene siendo el pulgar en el pie, en verdad no es tan gordo, sino de cabeza grande, se apoya fuerte contra la superficie a la hora de caminar. Hace tanta fuerza en el pie derecho, que ya en su respaldo lo caracteriza un callo circular. Se esfuerza en llevar adelante el paso, que como dromedario va, transportando el peso de un cuerpo.
La falange distal, que es el hueso de la punta del dedo, en donde descansa la uña, mide unos tres centímetros; claro, sumando todo, carne, sangre y piel forrando el hueso. Y la falange proximal, que es la que sigue, la que une el dedo al pie, mide unos doscientos cincuenta milímetros.
El cuarto dedo o anular del pie, parece un jugador de baloncesto que insiste -como su nombre lo describe- en anular las jugadas que su equipo hace; pues va arqueado hacia el lado derecho desde la segunda falange hasta la final, que es ese tercer huesecillo intentando esconderse en la espalda del dedo corazón, haciéndole sombra a su vez, a la uña del más chico, el meñique.
Con todo y el rebelde, son dedos suaves, sin cicatrices o señales de maltrato. Se exhiben orgullosamente en sandalias, según sea la ocasión y la estación.
Un pedicure casero los cuida juguetonamente, adivinando el color de las prendas que llevará la dueña de sus falanges en los días que siguen, para que haga juego con el esmalte que les ponga.
El pie izquierdo es todavía más suave que el derecho. En este quinteto, los dedos como versos, riman armoniosamente.
El cuarto dedo en este caso no anula, sólo hace una pequeña venia, quizás intentando congraciarse simétricamente, con su par en la otra extremidad.
Durante muchos años bailaron ballet clásico, un pasón por el contemporáneo, llevando en su memoria el folclor del currulao, la cumbia, la guabina, el joropo y el tango. Seguidores de la salsa, defensores del merengue y brincadores en el rock en cualquier idioma. Se podría decir que responden a la música que les toquen.
Un buen día un punto negro apareció en el pliegue izquierdo de piel, al lado de la uña del dedo gordo más simpático, del que no tiene la joroba.
No era un lunar, no era un tatuaje, no era un aguijón de avispa, indoloro e inodoro, queriendo pasar desapercibido en un pie como éste, que se alerta cuando un grano de arena se mete en su zapato.
Pidieron auxilio a las manos, que con sus dedos diligentes se apresuraron a indagar en el punto.
Una urgente necesidad por extirpar llevó a las uñas de las manos a rascar lo que no estaba picando, a querer que el punto desconocido saliera como fuera y delatara su procedencia.
De tanto sobarlo, al hinchado dedo ya podía llamársele “gordo”. Las manos que no se dieron por vencidas, decidieron arremeter nuevamente con sus uñas estrujando alrededor del punto, el cual empezó a abrirse con la serenidad de un bostezo. Por dentro se veía aún más negro, un agujero suspendido ante el asombro de los poros de la piel, todos erizados concentrando su atención en el desconocido o quizás ignorado, punto.
Algo se sentía venir, moviéndose con fuerza entre las venas y músculos del pie incrédulo.
De pronto salió, como arrojado por un cañón de artillería, un balín, tan gris, tan redondo y tan perfecto, para el calibre de ese dedo.
Las manos que se habían quedado estupefactas esperando agarrar lo que saliera, se movieron receptoras, siendo la diestra la que lo atrapara.
Nada quedó de aquel boquete. Se cerró para menguarse entre la lúnula y la cutícula.
Aún caliente por el disparo, el balín se deslizaba en el centro de la mano, conteniendo un vacío ancestral que pesa, que quema. En qué batalla se habría quedado incrustado a los pies de un adversario, o en el de algún amigo quien limpiaba su rifle distraído. En qué cacería fui animal o cazadora, cuántas veces tuve que morir, a cuántos duelos asistí, cuantas balas me habré tragado en tantas vidas como espía. O simplemente fui elegida por azares del destino en recibir este disparo de realidad para no morir de olvido.
♥👏
Gracias! 🖤🤍