
Durante varios meses, Clara tuvo la sensación de que, por fin, las cosas estaban poniéndose en su lugar.
El trabajo marchaba bien. Había pagado una deuda que llevaba años persiguiéndola. Su hijo estaba contento en la escuela. La planta de albahaca, que había estado a punto de morir tres veces, había decidido florecer.
Hasta dormía bien.
Eso último le parecía particularmente sospechoso.
Una mañana, mientras preparaba café, se quedó mirando por la ventana. El cielo estaba despejado. No había una sola nube.
—Demasiado bonito, dijo.
Su marido levantó la mirada del periódico.
—¿Qué cosa?
—Nada.
Pero sí era algo.
Clara había aprendido que cuando la vida empezaba a comportarse demasiado bien, había que mantenerse alerta.
No era supersticiosa. O eso decía.
Pero conocía aquella sensación.
Después de una buena noticia, podía llegar una mala.
Después de una semana tranquila, una llamada inesperada.
Después de un viaje maravilloso, alguna desgracia.
Después de decir “qué bien estamos“, era mejor tocar madera.
No fuera a ser.
Así que aquella mañana decidió no entusiasmarse demasiado.
En el trabajo, su jefa la felicitó por un proyecto.
—Gracias, respondió Clara.
Y enseguida añadió:
—Aunque todavía falta revisar unas cosas.
Por la tarde, su hijo llegó a casa con una excelente calificación.
—¡Mamá, saqué A!
Clara sonrió.
—Qué bueno, te felicito.
Pero inmediatamente pensó que quizá el próximo examen sería terrible.
El sábado, una amiga la llamó para invitarla a cenar.
—Hace tiempo no nos vemos. Me encantaría que vinieras.
Clara aceptó.
Después de colgar, pensó que seguramente algo pasaría y terminarían cancelando.
Nada pasó.
La cena ocurrió.
Comieron, se rieron, hablaron hasta tarde.
Cuando regresó a casa, se quitó los zapatos y se sentó en la cama.
Todo había salido bien.
Demasiado bien.
Entonces escuchó un trueno.
Se levantó de golpe y miró por la ventana.
Una nube enorme había cubierto la luna.
—Lo sabía, dijo.
Fue hasta la sala y comenzó a cerrar las ventanas.
Pero después de unos minutos se dio cuenta de que no estaba lloviendo.
El trueno había sido una puerta.
La del apartamento de arriba.
Clara se quedó quieta.
Después se echó a reír.
Volvió a la cama.
A la mañana siguiente salió a caminar.
El cielo estaba limpio otra vez.

Durante el paseo pensó en cuántas veces había estado ausente de los días buenos por miedo a los malos.
Había pagado una deuda, pero había pensado en la siguiente.
Había celebrado a su hijo, pero había anticipado su próximo fracaso.
Había disfrutado una cena, pero había esperado que algo la arruinara.
Incluso cuando dormía bien, una parte de ella permanecía despierta.
Esperando.
Como si la vida tuviera una deuda pendiente con ella y, tarde o temprano, fuera a venir a cobrarla.
Clara llegó a un parque y se sentó bajo un árbol.
Una mujer mayor que estaba alimentando pájaros se sentó a su lado.
—Hoy va a llover, dijo la mujer.
Clara miró el cielo.
—¿Está segura?
—No.
—Entonces, ¿por qué lo dice?
La mujer se encogió de hombros.
—Porque puede llover.
Clara sonrió.
Por primera vez, aquella respuesta le pareció suficiente.
No había ninguna garantía.
El cielo podía despejarse o llenarse de nubes.
Podía llegar una llamada triste.
Podía llegar una noticia maravillosa.
Podía enfermar una planta, florecer otra, cambiar un trabajo, terminar una relación, aparecer una oportunidad.
La vida no había firmado ningún contrato prometiéndole que después de los días buenos no llegarían días difíciles.
Pero tampoco había firmado el contrato contrario.
Clara levantó la cara hacia el cielo.
Y esta vez no buscó nubes.
Siguió caminando.
Y ese día, mientras todo estaba bien, decidió dejar que estuviera bien.
