Prefacio

Después de un largo hiato, más caminante que escritora, más observadora que narradora, se fueron acumulando páginas en mi bitácora viajera.

Durante ese tiempo, me impuse un límite poco habitual: no escribir para publicar. No cargar con la expectativa de sentarme al final del día frente a una pantalla, ordenar lo vivido, traducirlo de inmediato. Ni siquiera llevé computadora.

Me dediqué al camino.

Fui anotando a mano lo que sentía, sin prisa, sin estructura, sin la presión de encontrar la palabra exacta en el momento preciso. Dejé que las experiencias respiraran antes de convertirlas en lenguaje.

Ahora, de regreso, iré desandando ese recorrido. Publicando poco a poco estos fragmentos que nacieron sin intención de ser leídos, pero que hoy encuentro necesario compartir.

Quizás este también sea un ejercicio de límites: soltar el de la inmediatez, y abrazar el del tiempo que toma comprender lo vivido.

La Geometría del límite (entre el abismo y la palabra)

En matemáticas, existen subconjuntos dentro de conjuntos: mundos pequeños contenidos en realidades mayores.

La vida funciona igual. Solemos hablar de “límites” como si fueran una sola línea recta, pero en realidad son una red de fractales. Todo límite tiene, a su vez, sus propios bordes internos.

Lo que ¨está permitido¨

Escuchamos decir: “puedo perdonar una infidelidad”. Pero incluso ese permiso tiene sus aduanas. ¿Es con una desconocida en un país lejano que sostiene tu economía, o es con la vecina que ves cada mañana al comprar el café?. ¿Es alguien de tu propia sangre, un hilo de tu mismo linaje?

Generalizar es un ejercicio tedioso porque el dolor no es una unidad de medida estándar. Para algunos, el acostarse con un familiar es una herida mortal; para otros, el verdadero límite es la traición con quien ostenta el poder, como un jefe o un proveedor.

El límite no es el acto, sino el vínculo que deja de sostenerlo.

Entre copas

Yo misma me he perdido en la aritmética de mis propios límites frente al alcohol.

La primera copa es la expansión: quiero absorber el mundo, ser la mejor amiga, abrazar a los primos lejanos que el tiempo borró.

La segunda, la ambición: de pronto mi poesía vale la pena, mi música es un regalo para el mundo y mi némesis es un ser de luz.

La tercera, el aislamiento: el atardecer se apaga conmigo, no hay juicio, soy yo sola en el vasto universo.

Pero más allá de la embriaguez, acecha la frontera del día siguiente.

El límite es la capacidad de moverse con coherencia, de recibir los nutrientes, de no ser un peso muerto para el humor de una familia. Porque uno cree que si decide hundirse a solas, el daño es privado. Pero, ¿quién paga el precio de ese hambre de algo que ni siquiera sabemos si existe?

Decido una tarde sencilla

Al final, la libertad no es la ausencia de adicciones, sino la consciencia del peso.

Prefiero el vaso de agua que suda por un ejercicio bien hecho —ese pequeño triunfo de treinta minutos de pushups— a la resaca que nubla el sentido.

Disfruté unas gomitas de canela aunque me picara la lengua, y unas galletas de limón. Disfruté el whisky. Pero reconozco que el azúcar, la harina y el alcohol me sacan de la realidad. Elijo, sin embargo, una realidad que me mantenga enraizada.

Usted es quien decide con qué peso quiere levantar las persianas.

El límite de la palabra

Aquí surge la paradoja final: incluso el lenguaje es una frontera.

Cuando digo “este atardecer es hermoso”, ya estoy limitando la experiencia. Al buscar la palabra exacta para comunicar lo que siento, encarcelo el sentimiento en un adjetivo.

A la gente le cansa el detalle; prefieren lo rápido, lo digerible. Pero la poesía es precisamente eso: la búsqueda de la palabra que contenga el infinito sin asfixiarlo. Escribir es intentar que el otro vea el sol sin que le quemen mis palabras, regulando el aire para que, al final, cada quien decida la intensidad de su luz.

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