Mi padre murió joven

Tan joven que, durante muchos años, su edad fue para mí la edad de los adultos. La edad de quienes ya sabían las respuestas. La edad de quienes tenían hijos, responsabilidades y un lugar en el mundo.

Luego ocurrió algo extraño.

Seguí viviendo.

Y un día llegué a la edad que él tenía cuando murió.

Al principio fue apenas una cifra. Un número más en el calendario. Pero con el tiempo comprendí que había cruzado una frontera. Desde entonces, cada cumpleaños tiene una cualidad distinta.

Cada año que cumplo es un año que mi padre nunca conoció.

Y esa es una forma muy particular de medir el tiempo.

Hoy se cumplen treinta años de su muerte.

Treinta años.

Quizá por haber sido matemático, mi padre me dejó una relación especial con los números. Los números parecen exactos, pero esconden misterios. Dicen cuánto, pero a veces no alcanzan a explicar qué significa.

Hoy es 02 del mes 06 del año 2026

Treinta años.

Lo escribo y parece una cifra enorme.

Lo siento y parece un instante.

Hoy he pasado el día haciendo cuentas. No sólo las que caben en una hoja de contabilidad, sino esas otras cuentas que aparecen cuando uno recuerda.

Las cuentas de lo vivido.

Las cuentas de lo aprendido.

Las cuentas de todo aquello que heredamos sin darnos cuenta.

Durante mucho tiempo pensé que no había heredado de mi padre su facilidad para los números. Me costaba encontrar en mí esa inteligencia matemática que en él parecía tan natural. Sin embargo, los años tienen una manera curiosa de revelar parentescos.

Ahora me descubro haciendo presupuestos, organizando proyectos, planeando rutas, resolviendo problemas, encontrando patrones.

Y sonrío.

Porque a veces siento que sigo aprendiendo de él a través de mí misma.

Hoy también he enseñado.

Y mientras enseñaba pensé que, de todas las herencias posibles, esa es una de las que más agradezco.

El gusto por compartir lo aprendido, y saber escuchar.

La paciencia para explicar.

La convicción de que entender algo puede cambiar la forma en que habitamos el mundo.

Pero no fueron sólo las matemáticas.

También heredé los silencios.

Durante años no entendí el valor de aquellas pausas en las que parecía que no sucedía nada.

Ahora las busco.

Las necesito.

Las defiendo.

En un mundo que corre cada vez más rápido, pienso en mi padre y me pregunto si no habría insistido también en enseñar algo que parece estar desapareciendo: el arte de pensar sin prisa.

El arte de aburrirse.

El arte de permanecer lo suficiente con una pregunta hasta que aparezca una respuesta propia.

A veces intento imaginarlo viejo.

No porque me cueste aceptar que murió joven, sino porque la imaginación es la única forma que me queda de seguir construyendo una relación con él.

Me pregunto cómo sería hoy.

Cómo se verían sus manos.

Qué libros leería.

Qué opinaría del mundo.

Cómo sería escucharlo hablar con sus nietos.

Si les enseñaría ajedrez.

Si los llevaría al cine.

Si compartiría con ellos el gusto por los acertijos, por los juegos, por las preguntas difíciles.

O si simplemente les enseñaría a quedarse quietos un momento y pensar.

Me gusta imaginarlo sentado frente a mí.

Los dos adultos.

Los dos con canas.

Los dos con suficientes años encima para hablar de igual a igual.

Y en esa escena imaginaria siempre aparece el mismo deseo: tomar un café juntos.

Un tinto largo.

Sin urgencias.

Sin despedidas.

Contarle cómo voy siendo.

Preguntarle quién habría llegado a ser él.

No sé si existe algún lugar donde estas conversaciones pendientes continúan.

Pero sí sé algo.

Treinta años después, sigo encontrándolo.

En una clase que doy.

En una idea que madura lentamente.

En un problema que resuelvo.

En una tarde de silencio.

En una hoja llena de números.

Y entonces comprendo que algunas personas no permanecen porque sigan presentes.

Permanecen porque terminan formando parte de la manera en que miramos el mundo.

Hoy, treinta años después, no sé si estoy celebrando o llorando.

Quizá ambas cosas.

Quizá eso sea el amor cuando ha aprendido a convivir con la ausencia.

Gracias, papá.

Ojalá estés tan orgulloso de mí como yo lo estoy de haber sido tu hija.

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