
En su origen, venēnum no representaba muerte. Era deseo, hierba, encanto. Una palabra nacida de la raíz ven- (la misma de venerar, venerable, Venus) que significaba amar, atraer, aspirar a lo bello.
Pero llegó el miedo. Y el miedo puede llegar a ser letal en pequeñas dosis.
Platón temió que esas pociones alteraran la voluntad.
La ley romana temió que manipularan.
Virgilio las volvió tragedia.
Cicerón las volvió crimen.
Y San Agustín las volvió pecado.
Así, lo que nació como filtro amoroso terminó atrayendo la muerte.

Y sin embargo… ¿no siguen existiendo “venenos” en el sentido antiguo? Sustancias que transforman, que mueven, que tocan lo más profundo del ser.
Por eso aquí prefiero la palabra griega phármakon.
phármakon es cualquier sustancia que transforma: para bien o para mal.
En griego antiguo, phármakon podía significar:
- remedio
- veneno
- poción mágica
- hechizo
- cosmético
Todo dependía de la dosis, el propósito, el contexto y la interpretación. Por eso Derrida lo llamó “la palabra que nunca elige”.
Mientras el latín separó:
- venēnum → veneno
- medicina → remedio
El griego mantuvo la ambigüedad original.
Phármakon no se deja encerrar: acepta que lo que cura puede dañar, y lo que daña puede curar.
Si veneno hubiera conservado su sentido amoroso, ¿cómo llamaríamos hoy al brebaje, poción… que sí mata?
Yo lo imaginaría ¨farmaleza¨, un nombre que suena a hierba y a meta final.
¿Y tú? ¿Qué nombre le pondrías a la palabra que hoy llamamos “veneno”?