Celebrar… ¿para qué?

Hoy es 4 de julio en Estados Unidos. Dentro de unas semanas será 20 de julio en Colombia. Dos fechas que hablan de independencia y que, curiosamente, casi siempre terminan pareciéndose: familias reunidas, comida, piscina, música… y alcohol.

Esta mañana estaba haciendo ejercicio en la piscina del complejo donde vivo. Mientras nadaba, había dos familias con sus respectivos hijos. Los cuatro niños jugaban en la parte bajita de la piscina con sus flotadores, entretenidos entre ellos mismos. Los adultos, sentados en las reposeras, hablaban, tomaban el sol y se tomaban una cerveza.

Después de unos minutos, uno de los niños empezó a llamar a su papá.

—¡Mira cómo salto! ¡Mira cómo nado!

El papá, que parecía el más joven de los cuatro adultos, se metió a la piscina. Empezó a jugar con ellos. Él era el tiburón y los niños escapaban. Luego los niños eran los tiburones y él era el humano. Después quisieron ser cangrejos. Él intentaba cambiar el juego.

—Bueno, ya no más tiburones. ¿Qué más podemos ser?

Pero los niños, como hacen los niños, siempre encontraban la manera de volver al tiburón. Lo empujaban, lo hundían, lo perseguían. Él decía:

—Cinco minutos más.

Pero esos cinco minutos se convertían en diez.

Y luego en otros diez.

Hasta ahí todo me parecía una escena normal.

Lo que hizo que empezara a pensar fue otra cosa.

En un momento le pidió a la niña más grande que fuera a la neverita y le trajera una cerveza. Ella volvió con una lata.

—No, mejor la de vidrio.

La niña regresó por una botella.

Y ahí apareció la primera pregunta.

No una crítica hacia él, sino una pregunta para mí.

Si él tenía sed, ¿por qué no hacer un descanso? ¿Por qué no decirles a los niños: “Vamos a tomar un break. Ustedes tomen agua, yo voy a salir un momento y ahora vuelvo”?

¿Por qué pedirle a una niña que le trajera una cerveza? ¿Y además una botella de vidrio al lado de una piscina?

Mientras seguía observando, me di cuenta de otra cosa.

Él ya no parecía estar disfrutando tanto el juego.

Intentaba poner límites.

Los niños no querían.

Él cedía.

Volvía a intentar.

Y volvía a ceder.

Entonces empezó a mirar a los otros tres adultos.

—¿Se les ocurre algún juego para que ellos jueguen solos?

Los otros apenas levantaron la mirada.

—Que hagan carreras.

Los niños respondieron enseguida:

—¡No queremos carreras!

Y claro que no.

¿Por qué iban a querer hacer carreras si era mucho más divertido tener un tiburón?

Después otro de los hombres apareció con unos bloques para construir.

El papá trató de cambiar el juego otra vez.

Los niños tampoco quisieron.

Seguían queriendo jugar con él.

Y fue ahí cuando me vi reflejada.

Nadie le había pedido que entretuviera a todos esos niños.

Nadie.

Él mismo asumió esa responsabilidad.

Y cuántas veces me ha pasado exactamente lo mismo.

No solamente con niños.

Con adultos también.

Creer que si yo no hago algo, la reunión se va a apagar. Creer que tengo que entretener, hacer reír, proponer, sostener la energía del grupo.

¿Quién me pidió ese papel?

Muchas veces, nadie.

Simplemente lo aprendí.

Tal vez porque vi a otros hacerlo. Tal vez porque pensé que así era como uno demostraba cariño. Tal vez porque confundí servir con hacerme responsable de la experiencia de los demás.

Lo curioso es que después uno ya no sabe cómo salir.

Porque cuando entraste al juego, los demás quieren que siga.

Y cuando intentas parar, aparece una sensación extraña, como de culpa, de injusticia.

¿Por qué yo soy la que sigue aquí?

¿Por qué nadie más ayuda?

Mientras lo observaba pensé: él no estaba enojado con los niños. En realidad parecía estar esperando que otro adulto lo relevara de una responsabilidad que él mismo había escogido.

Y esa escena me recordó muchas reuniones familiares de mi infancia.

Las celebraciones siempre tenían alcohol.

Yo crecí creyendo que los adultos eran más felices cuando tomaban cerveza. Que una fiesta necesitaba alcohol para ser divertida. Nadie me lo dijo. Lo aprendí mirando.

Hoy ya no lo vivo igual.

No soy abstemia. Tampoco creo que una cerveza tenga algo de malo.

Lo que sí intento hacer es preguntarme antes de tomarla:

¿Para qué?

¿Tengo sed?

¿Quiero celebrar?

¿Quiero desconectarme?

¿Quiero sentirme más relajada?

Hoy, cuando terminé de hacer ejercicio, mi cerebro hizo la asociación automática.

“Cerveza.”

Pero mi cuerpo decía otra cosa.

Acababa de hacer ejercicio. Lo que realmente quería era agua con burbujas, muy fría, con un chorrito de limón.

Y me pareció bonito darme cuenta de esa diferencia.

No reaccionar en automático.

Escuchar primero al cuerpo.

Si más tarde quiero una cerveza, perfecto. Que sea una elección consciente y no una costumbre heredada.

Al final pensé que tal vez la independencia no solo tiene que ver con la historia de un país.

También tiene que ver con esas pequeñas libertades que uno va conquistando por dentro.

La libertad de no repetir todo lo que vio.

La libertad de no asumir responsabilidades que nadie le pidió.

La libertad de decir “hasta aquí jugamos” y sostener ese límite con cariño.

Y la libertad de preguntarse, antes de hacer casi cualquier cosa:

¿Para qué?

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