Reflexión poético/cómica sobre la maldad (para mentes bilingües)

Quienes vivimos entre dos idiomas sabemos que las palabras, a veces, hacen travesuras.

De pronto, una palabra deja de ser solo una palabra. Se abre, se desarma y parece revelar significados que nunca estuvieron allí. No porque sean verdaderos desde el punto de vista de la etimología, sino porque la imaginación bilingüe encuentra puentes donde los diccionarios solo ven coincidencias.

Eso me ocurrió un día, mientras enseñaba español.

Me quedé pensando en la palabra maldad.

En español, la siento como esa sombra que aparece cuando alguien hace daño. Pero, al mirarla con mis lentes de inglés, mi mente hizo uno de esos saltos inesperados: mal… dad.

Y entonces apareció la ocurrencia:

¿Será que maldad suena, para una mente bilingüe, como bad dad?

Por supuesto que no. No tiene nada que ver con su origen. Es simplemente uno de esos accidentes felices que ocurren cuando dos idiomas conviven en la misma cabeza.

No estoy diciendo que la maldad venga de los padres. Ni mucho menos. Solo estoy jugando con el lenguaje, con esa extraña magia que mezcla sonidos y crea asociaciones inesperadas.

Y, sin embargo, la coincidencia me hizo pensar. Qué curioso que, en este juego lingüístico, aparezca la figura del padre. Un papá ausente, un papá que no sabe estar o que no puede acompañar, puede dejar heridas profundas. No es la causa de la maldad, pero sí un recordatorio de que muchas veces el sufrimiento nace de las ausencias, de las carencias y de las heridas que llevamos dentro.

La palabra maldad se forma a partir de mal y del sufijo -dad, heredado del latín tas, tatis, ¨malitas¨que da origen a nombres abstractos como bondad, verdad e igualdad. Es decir, su historia no tiene nada que ver con el inglés dad. Ese vínculo existe únicamente en la imaginación de una mente traviesa bilingüe.

Y fue precisamente ese pequeño juego el que me llevó a pensar en una pregunta mucho más antigua: ¿de dónde nace el mal?

Los filósofos llevan siglos intentando responderla. Para algunos pensadores de la antigua Grecia, el mal nace de la ignorancia o de las malas decisiones. En la tradición cristiana, suele entenderse como una consecuencia de la libertad humana y del pecado, pero también como una realidad que puede ser transformada por el amor y la gracia. San Agustín escribió que el mal no tiene existencia propia: es la ausencia del bien, así como la oscuridad es ausencia de luz.

El budismo propone otra mirada. No entiende el mal como una esencia permanente, sino como el fruto de la ignorancia, el apego y la aversión. Desde esa perspectiva, el despertar consiste precisamente en recuperar la claridad, la compasión y la sabiduría.

Ninguna de estas tradiciones necesita de un bad dad para explicar la maldad.

Pero quizá ese pequeño juego entre idiomas nos recuerde algo importante: las palabras no solo guardan historias; también despiertan preguntas.

La etimología busca el origen. La filosofía busca el sentido. La literatura juega entre ambas.

Y tal vez ahí resida el verdadero regalo del bilingüismo: no en cambiar el significado de las palabras, sino en descubrir que cada idioma ilumina un rincón distinto de la experiencia humana.

Porque, al final, incluso una palabra como maldad puede hacernos sonreír, pensar y pellizcarnos porque el lenguaje no es solamente una herramienta para comunicarnos. También es un lugar donde la imaginación encuentra caminos que la lógica, por sí sola, nunca habría recorrido.

Leave a comment