
He aquí los fósiles de nuestra falsa autosuficiencia moderna: pequeñas manchas negras, saliva petrificada, restos de una sociedad convencida de que el mundo es un contenedor infinito y que su única responsabilidad empieza y termina en su propia boca. Esa misma boca que escupe el chicle y, al mismo tiempo, pronuncia el discurso del “yo estoy enfocad@, yo no necesito terapia, ni descanso sano, ni meditación, ni chakras”.
La gran ilusión del control: sustituir la introspección con una fijación oral.
Masticar estrés.
Masticar prisa.
Masticar la fantasía de que un chicle “saludable” (sin azúcar, con estevia, con cualquier etiqueta que nos tranquilice) es suficiente para sostener una vida que no estamos mirando. Cuidamos los dientes mientras ignoramos lo que le hacemos al resto del cuerpo social.
Y así, una acera lisa y pulida termina convertida en una textura distópica: un mosaico hecho de ansiedad escupida y endurecida.
¿Por qué está ese chicle ahí?
¿Lo escupimos con plena conciencia porque nos importa un carajo el entorno?
¿O estamos tan fuera de nuestra propia cabeza -pese a jurar que estamos “en el presente”- que ni siquiera registramos el instante en que lo dejamos caer?
Ese chicle no es solo goma. Es plástico, petróleo, material no biodegradable, microbios y desprecio. No estamos decorando la ciudad ni creando pavimento antirruido: estamos ass*faltando* con nuestra propia suciedad.
Y para retirarlo hacen falta productos químicos, vapor a presión, maquinaria especializada y horas de trabajo. Todo por un gesto que duró menos de un segundo.
No es solo basura. Es una declaración silenciosa sobre la relación que tenemos con el mundo. Y lo más inquietante: ya lo normalizamos porque es una realidad compartida.
La falacia del “trabajo para otros” y la fantasía tecnológica

Quizás te seduzca la idea de que estás “generando empleo”, que “alguien pagado lo limpiará”.
O peor: que alguna genialidad (porque ni siquiera tú) inventará un robot arrancachicles que resolverá el desastre que dejas a tu paso.
La realidad es simple: No hay un ejército de espátulas limpiando el planeta. La modernidad prefiere delegar la responsabilidad antes que cambiar la conducta. “Que diseñen un robot que limpie la porquería que escupo.”
Estás tan desconectad@ de la realidad, tan metid@ en tu burbuja de estrés masticado, tan convencid@ de que un robot resolverá lo que tú ensucias… que ni siquiera vas a ver venir al robot.
Lo vas a pisar. Te vas a tropezar. Y te vas a romper la cara contra el mismo suelo donde escupiste tu ansiedad.
La cueva no está en la historia antigua. La cueva está dentro de esa cabeza que se dice evolucionada pero no ve más allá de sus propios pies.
Nota de la autora:
ass*faltando* sustantivo y verbo (neologismo 🙂
Residuo urbano que combina suciedad física y desconexión mental. Se refiere a cualquier rastro que dejamos en el entorno (como un chicle escupido) que termina incrustado en el pavimento, creando un “asfalto” hecho de faltas: falta de presencia, falta de conciencia, falta de respeto por el entorno.
El ass*faltando* es la huella fósil de la distracción humana: un pedazo de basura que se integra al suelo y revela la ausencia de pensamiento detrás del gesto que lo produjo. No es solo contaminación; es evidencia de una mente que “está faltando” en el momento en que actúa.