
Durante años creí que mi desorden era una consecuencia natural de la vida artística, como si cada objeto fuera una musa en potencia.
Me decía que los artistas necesitamos rodearnos de cosas: objetos que despierten imágenes, recuerdos, ritmos, intuiciones. Y es verdad. Hay cosas que nos acompañan. Algunas nos inspiran. Otras se convierten en herramientas.
Pero con el tiempo descubrí que había confundido unas con otras.
El verdadero problema no era conservar objetos.
Era confundirlos.
Mezclar las herramientas con los afectos, las inspiraciones con las nostalgias, las piezas necesarias con aquello que simplemente ocupaba espacio.
Las medias rojas, por ejemplo, nunca fueron una musa.
Nunca las guardé para crear algo con ellas.
Hoy me sirven para escribir esta historia, pero durante décadas fueron solamente un recuerdo afectivo.
Y esa diferencia importa.
Cada cosa parecía unirme a alguien, a una ciudad, a una etapa de mi vida. Guardarlas era una manera de no perder mis raíces mientras la vida me iba llevando a otros lugares.
Con el tiempo he entendido que quienes acumulamos cosas no solamente acumulamos objetos.
También podemos acumular historias.
Proyectos que nunca empiezan.
Ideas.
Ilusiones.
Culpas.
Rencores.
Versiones antiguas de nosotros mismos.
Los objetos son apenas la parte visible de todo aquello que nos cuesta dejar partir.
Hace unos días, mientras organizaba algunos cajones, encontré un par de medias rojas
Las reconocí inmediatamente.
No tuve que pensar de dónde venían.
Hace casi treinta años, mi amiga Cris regresó a Colombia después de haber vivido una temporada en Inglaterra. Entre las cosas que trajo en su maleta había un paquete de medias deportivas con los colores de la bandera británica.
Me regaló seis pares.
Sentí que me estaba regalando un pedacito del lugar donde había vivido y aprendido inglés.
En aquella época tenía pocas cosas. Pocas medias deportivas. Un clóset mucho más pequeño que el que tengo ahora.
Recibí aquel regalo con una gratitud inmensa.
Con los años, los otros pares desaparecieron.
Solo sobrevivió uno.
Estas medias rojas.
Son de buen algodón y tienen el talón desgastado. Nunca llegaron a romperse del todo y, por sus razones, siguieron conmigo.
Ya no las usaba.
Pero cada vez que las veía recordaba el cariño con el que las había recibido.
Hace unos días me las puse para tomarles una fotografía.
Las miré.
Y me di cuenta de que ya no necesitaba guardarlas.
Las lavaré y las llevaré a reciclar junto con otras telas.
Y, curiosamente, no siento tristeza.
Siento alegría.
Porque descubrí que no necesitaba el objeto para recordar la historia.
La memoria sigue ahí.
La gratitud también.
Las medias ya cumplieron su misión.
Ya era hora.
Aunque, claro, inmediatamente apareció otra pregunta.
Tomé una fotografía para conservar la memoria.
La fotografía se irá a la nube, que ahora pago mensualmente porque tengo una cantidad absurda de fotografías almacenadas.
Entonces pensé:
¿Estoy pasando de una forma de acumulación a otra?
¿De los cajones a la nube?
¿Del objeto físico al archivo digital?
¿También podemos apegarnos a nuestras fotografías?
Quizá.
Pero por ahora no quiero resolverlo.
Me interesa más observar qué ocurre cuando intentamos separar el recuerdo de aquello que lo contiene.
Porque quizá la fotografía no tenga que sustituir al objeto.
Quizá pueda simplemente ser un pequeño ritual de despedida.
Tomar la foto.
Escribir la historia.
Agradecer.
Y dejar ir.
La memoria a veces necesita de los objetos para existir.
Pero quizá no los necesita para siempre.
A veces basta con detenernos un momento y volver mentalmente a aquel instante en que alguien nos dio algo con cariño.
Recordar cómo nos sentimos.
Agradecer.
Y después dejarlo ir.
No como un acto de desprendimiento forzado.
Como un acto de gratitud.
Aquí seguiré aprendiendo de mis orquídeas y de sus raíces aéreas.
Ellas no buscan aferrarse al suelo.
Buscan humedad.
Luz.
Aire.
Son una forma de mantenerse vivas sin dejar de ser ligeras.
Y pienso que durante muchos años confundí las raíces con las anclas.
Las raíces nos nutren.
Las anclas nos inmovilizan.
Últimamente estoy aprendiendo a conservar las primeras y a soltar las segundas.
Quizá de eso se trate también dejar ir.
No de borrar.
No de olvidar.
No de negar lo que fuimos.
Sino de confiar en que podemos llevar la historia dentro de nosotros sin tener que seguir guardando todas sus pruebas.
Las medias rojas se van.
La historia se queda.
Y yo sigo caminando.
Un poco más ligera.
Nota de la Autora: Las medias rojas: ¨Fragmentos de un libro en construcción¨