Disfraz terrorífico: ser un árbol

Ahora en octubre con tantos disfraces, se me viene a la memoria uno que a un grupo de ballet nos causaba terror: ser el árbol.

Durante meses nos preparamos para un gran montaje. Ensayábamos durante horas y, cuando llegó el momento de repartir los personajes, ninguna bailarina quería ser un árbol.

Los disfraces eran pesados, ocultaban el cuerpo y apenas permitían mostrar todo lo que se había aprendido. La misión era entrar y salir del escenario, moverse sin tropezar y formar parte del decorado.

Yo fui una de las bailarinas principales.

En aquella época, llena de energía y de ganas de hacer tantas cosas, nos daba pavor ser un árbol.

Con el paso del tiempo he entendido que el valor de lo que hacemos no depende únicamente de los aplausos ni de ocupar el centro del escenario. También hay sentido en sostener una escena, porque cada rol cuenta. Hay que estar preparadas para asistir a cualquier personaje que pueda fallar en un acto, y en hacer bien aquello que quizás nadie mira demasiado.

Y pienso en los árboles de verdad.

Nos ofrecen sombra sin preguntarnos quiénes somos o qué hacemos. Nos regalan frutos, nos protegen del sol y acompañan nuestros caminos. De ellos obtenemos madera y papel, pero ¿cuántas veces nos detenemos sencillamente a agradecerles? ¿Cuántas veces nos ocupamos de cuidarlos?

La gratitud también es eso: reconocer lo que recibimos y procurar que otros también puedan recibirlo.

Hoy aprecio todos los papeles, incluso el del árbol.

¿Cuántas veces has disfrutado de una sombra sin detenerte a pensar quién la hace posible?

Leave a Reply